La mala memoria de Esquerra
Las «resonancias» de Puig i Ferreter resuenan, y
mucho, en la Cataluña de 2017
Entre los libros que no se reeditan en Cataluña, las
memorias de Joan Puig i Ferreter (1882-1956). Escritor y político de ERC
incómodo para su partido, protagonista de corruptelas del exilio republicano y
con una turbulenta vida sentimental, fue diputado en las Cortes y en el
Parlament; entre los cargos que ocupó, el que le llevó a París para la compra
de armas: al parecer, parte del dinero y las comisiones se repartió entre una
treintena de políticos catalanes. Según el ácido memorialista eran «idealistas-prácticos»
que, acechados por el escándalo, clamaban un «Visca Catalunya màrtir!» para
salir del paso. Cuando el diputado Tardà presume de la Esquerra incorruptible,
el escuchante avisado debe dibujar una sonrisa piadosa.
Entre 1942 y 1952, año en que fue nombrado ministro de
Justicia de la República en el exilio, Puig escribió unos dietarios que tituló
«Resonancias». En 1981, Guillem-Jordi Graells publicó en Proa una selección de
aquellos manuscritos. El trabajo no era fácil: ya en 1975, explica en el
prólogo, «las herederas del escritor y los responsables de la edición
consideraron que el momento político catalán no era el más oportuno para dar a
conocer algunas de las revelaciones y opiniones del autor sobre determinados puntos
de nuestro pasado inmediato, muy especialmente el que hace referencia a hechos
y hombres de la política de la Generalitat republicana y del exilio».
Sobre la apropiación indebida de dineros públicos,
Graells se atiene a la actitud del resto de políticos que nunca desmintieron
aquel reparto: «Si no hubo apropiación es que hubo reparto, como sostiene Puig,
y que él fue uno de los beneficiarios, con lo que la responsabilidad de la
apropiación, si existió, había que distribuirla entre un cierto número de
personajes». Aislado y enfermo, Puig acabó sus días en París perseguido por la
maledicencia.
El polémico memorial vio la luz –en forma parcial–
como «Memòries polítiques», título que los editores juzgaron menos comprometido
–hacía un año que Jordi Pujol iniciaba lo que Tarradellas denominó «dictadura
blanca»–: publicado para Sant Jordi, tuvo dos ediciones en dos meses. Desde
abril del 81 –el libro estaba en imprenta cuando el golpe de Tejero–, las
«Memòries polítiques» de Puig resultaban incorrectas e inoportunas para la
«construcción nacional» y el santoral laico del 1714, Macià y Companys. El
pujolismo engrasaba su aparato docente y mediático que culminó en la
intoxicación política y la presente fractura social.
El 31 de octubre, mientras Puigdemont y su gobierno
zombie festejaba Halloween en cuatro idiomas, repasábamos los juicios de Puig
para constatar con tristeza, lo poco que los políticos secesionistas han
aprendido de la Historia: tal vez porque no quieren conocerla –¿cuánta verdad
puede soportar el nacionalismo?–; tal vez, porque son así de ignorantes.
Las «resonancias» de Puig i Ferreter resuenan, y
mucho, en la Cataluña de 2017. El memorialista alude a la idealizada gestión de
ERC durante la República: «Todo se iba en oratoria demagógica, em mítines y
manifestaciones populares, mientras en el Parlament de Cataluña, donde dominaba
el analfabetismo agresivo de la mayoría ‘esquerrana’, y en la Generalitat,
donde imperaban la inepcia, la negligencia, y las rivalidades de los
grupúsculos izquierdistas, se perdía el tiempo durante cinco años sin realizar
una obra política de realidades…» El quinquenio 2012-2017 explicado por el de
1931-1936: «Vivimos cinco años en un mito grosero, en un inepcia y vulgaridad
aplanadoras». Y ya que hablamos de mitos: «Se esforzaban en crear mitos –mito
de una Cataluña-nación y nacionalista, mito Macià, mito Companys–, pero la
sustancial pobreza de estos mitos y de estos hombres mitificados, les desmentía
constantemente…»
El supremacismo nacionalista viene de lejos: «Una
mentalidad enturbiada por un confusionista complejo de superioridad catalana y
catalanista que les hace vivir en un constante error, en una autoadoración de
todo lo catalán y en un menosprecio y desconocimiento de todo lo español…» El
ambiente catalanista, apunta Puig, se nutre de ser antiespañol: «Vivíamos
ingenuamente en la creencia que todo lo catalán, lengua, costumbres, folklore,
tradiciones, prosa, poesía, hombres y raza… Con un ignorancia pretenciosa,
petulante y completa de la cultura española y de la Historia de España, no
teníamos más que un lamentable y ridículo desdén por todo lo castellano y
español». La moraleja: «El catalanismo nos conduce a una pequeña y mezquina
política de campanario en la que todo se empequeñece: personas, problemas
esenciales del pueblo, vida política y social, cultura y civilización…»
Las verdades ofenden y, en el caso nacionalista,
ofende la arrogancia de los cancerberos de una República Catalana abonada con
mentiras. Como ejemplo, la catalanísima conseja que reprueba la autocrítica:
«Si ho penses, calla-t’ho i no parlis així», espetaban a Puig i Ferreter sus
colegas de Esquerra. Promotores de la quimérica independencia. Léanse esas
memorias malditas. Hablan de ustedes.
Sergi Doria

No hay comentarios:
Publicar un comentario