Esta es la carta de Silvia Forner, una profesora represaliada por el
separatismo que explica cual es el día a día de los docentes en los centros de
estudio de Cataluña, donde se están adoctrinando a los niños de tal manera que
sólo puedan tener el independentismo entre ceja y ceja. La carta no tiene
desperdicio si queréis saber cuál es la realidad de los colegios en esa
Comunidad Autónoma:
Soy europea, española y
catalana. Esposa de Policía Nacional. Y también maestra. Especifico, soy
maestra en Cataluña, que no es lo mismo que en el resto del territorio español.
Resumiendo, un blanco demasiado fácil estos días en Cataluña. Llevo más de 15
años dando clases en colegios públicos y privados catalanes. Cuando empecé en
la educación catalana trabajaba en un colegio concertado y recuerdo un día en
el que la Jefa de Estudios, de muy malas maneras, me llamó la atención por
hablar en castellano en los pasillos de la escuela. Por supuesto, mi respuesta
en ese momento no se hizo esperar y respondí amablemente, pero con seguridad y
firmeza, que en clase hablaría en catalán porque así lo marcaba la ley, pero en
los pasillos con mis compañeras y amigas hablaría como yo quisiera. Y me fui,
indignada, pero feliz y segura de mi postura.
El
pasado 2 de octubre no tuve la misma libertad. En un colegio público de la
Generalitat de Catalunya donde aparentemente no se adoctrina a los alumnos, se
convocó claustro de urgencia para poder hablar de la huelga general. Una huelga
que estaba convocada mucho antes de que la policía cargara, mucho antes de ver
imágenes en las televisiones, mucho antes de toda la manipulación… mucho antes.
Era una huelga que nada tenía que ver con la educación y mucho con la
independencia y las ganas del Govern de Puigdemont de sublevar a las masas
catalanistas en contra de Policías Nacionales y Guardias Civiles que tuvieron
que hacer su trabajo al no sentirse apoyados por sus ‘compañeros’, los Mossos
d’ Esquadra.
La
dirección del centro se limitó a decir que no era una huelga por la
independencia si no por la carga policial. Daba por hecho que todos se sumarían
a este ‘parón’ como ellos lo llamaban, pero ahí estaba yo hecha con un puñado
de nervios, noches sin dormir, muchas lágrimas derramadas y miedo, mucho miedo,
por ser señalada… levanté la mano: – ¡Yo no me sumo a la huelga!
Un silencio desgarrador,
matador y acusador se escuchó en toda la sala. Las miradas todas puestas en mí
como si de pistolas se trataran. Sentí de nuevo pánico, terror, ansiedad,
angustia… pero debía ser fiel a mis principios y a mis ideas.
Los
días posteriores en la escuela no han sido mucho mejores. Marcada de por vida
por compañeros que antes eran amables y simpáticos. Compañeros que ahora se
tornan enemigos que me ningunean. Compañeros que se ríen en mi cara esperando
que salte y lo que se me saltan son las lágrimas al llegar a mi casa. Pero, eso
sí, como dice ellos, siempre de una manera pacífica, de una manera tranquila,
pero acusando y asediando al enemigo que debe callar porque hay desasosiego,
intranquilidad, malestar, angustia y mucha preocupación.
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