martes, 17 de octubre de 2017

 

 

Rajoy espera fervientemente no tener que tomar una decisión plagada de peligros


Aún habría una tercera posibilidad, menos desarrollada, que consistiría en designar a un ministro para Cataluña que se hiciera cargo de la administración en esa comunidad.

En cualquiera de los supuestos, la tesis que impera en el Gobierno es que la superestructura de mando que sustituya al Govern no podría tomar decisiones políticas, sino únicamente garantizar el normal funcionamiento de la administración autonómica. Por poner dos ejemplos concretos, no se podría alterar el status quo del sistema educativo catalán, ni entrar a saco en TV3.

El Parlament tendría que seguir funcionando en paralelo. Los servicios jurídicos del Estado interpretan que al Gobierno autonómico que incumpla la ley -como es el caso- se le puede sustituir por otro que la cumpla invocando el 155, pero no a los representantes de los ciudadanos.

Las fuentes consultadas admiten que el desarrollo de la previsión constitucional plantea un sinfín de riesgos, dificultades e incertidumbres. Tantas, que Rajoy desearía fervientemente no tener que tomar la decisión de presentarse ante el Senado con un plan tan extremo.

La última palabra sobre la superestructura para sustituir al Govern la tiene el presidente del Gobierno, obligado a negociar la fórmula con Pedro Sánchez. PP y Gobierno insisten en que las consecuencias políticas, económicas y sociales de activar el 155 son imprevisibles. Y añaden que Puigdemont tiene en sus manos la capacidad de impedir la adopción de medidas tan extremas, excepcionales y peligrosas.

Puigdemont es el único capaz de evitar que tome cuerpo la sugestiva y espectacular ilustración de Ricardo Martínez y Julio Rey que encabeza estas páginas. Un presidente de la Generalitat introducido en Cataluña en el engañoso artefacto festivo de la independencia que acaba destruyendo la propia Generalitat.





ELMUNDO.es

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